El día que un granjero blanco disparó contra un primer ministro sudafricano por ser “la personificación del apartheid”

La mañana del 9 de abril de 1960, dos semanas después de que la policía matara a 69 personas en la represión de una marcha contra la discriminación, un sudafricano intentó matar a Hendrik Frensch Verwoerd
 
ACTUALIDAD09/04/2026

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El sábado 9 de abril de 1960 amaneció luminosa en Johannesburgo, con un clima de otoño ideal para el gran acontecimiento anual, la inauguración de la Feria de Rand en Milner Park, dedicada a la agricultura y la ganadería, dos de los pilares de la economía del país que por entonces se llamaba Unión Sudafricana.

Corrían tiempos conflictivos en el extremo sur del continente africano y el clima social distaba de ser tan luminoso como esa mañana. Apenas unos días antes, el 21 de marzo, los disparos de la policía se habían cobrado 69 muertos al reprimir, sin que mediara ninguna provocación, una manifestación pacífica contra el apartheid en Shaperville, en el Transvaal. La política de segregación racial, que regulaba la vida de la mayoritaria población negra y la de origen indio y mantenía el dominio de la minoría blanca, llevaba ya 12 años vigente y generaba cada vez más resistencia.
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Todavía sonaban los ecos de la condena internacional a la masacre cuando esa mañana de sábado el primer ministro y acérrimo defensor del apartheid Hendrik Frensch Verwoerd terminó de pronunciar el discurso de apertura de la Feria y se sentó en el palco oficial para asistir al desfile del ganado premiado y esperar el desarrollo del tradicional concurso ecuestre de salto. No había indicios de que ocurriera algo que pudiera empañar la gran fiesta.
La señora Ruth Pilkington estaba contenta esa mañana. Ubicada en un palco que estaba por encima del oficial, su misión era asistir como secretaria a los jueces del torneo ecuestre, toda una distinción para una apasionada de la equitación como ella.
Entonces ocurrió lo que nadie esperaba. “Nos sentamos detrás y un poco por encima del palco oficial, esperando ansiosamente que comenzara la competición de salto. El doctor Verwoerd estaba sentado tras pronunciar su discurso, el ganado se marchaba y se preparaba la pista de salto ecuestre. De repente, un hombre se acercó al palco presidencial por la derecha y gritó el nombre del primer ministro. Acto seguido, le disparó dos veces en la cabeza. La señora Verwoerd gritó: ‘¡Hendrik!’. Antes de desplomarse, se llevó la mano a la mejilla izquierda. Mientras el pistolero apuntaba con su arma para un tercer disparo, el presidente de la Sociedad Agrícola se levantó de un salto y forcejeó con él, que agitaba los brazos y el arma en el aire. Observábamos boquiabiertos desde nuestros asientos en primera fila, tan expuestos al fuego como cualquiera, hasta que alguien gritó: ‘¡Al suelo!’, y todos nos tiramos al piso. El pistolero fue desarmado y llevado detenido. Después declaró que había disparado contra ‘la personificación del apartheid’”, escribió en un artículo que publicó The Guardian al cumplirse 45 años del atentado.
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¿Blanco o negro?

De todos los hechos de ese día, a la señora Pilkington le quedó grabada en la memoria una anécdota mínima pero que reflejaba el momento que se vivía en el país después de la matanza de Shaperville. Tras los disparos, se le acercó un camarero indio y le preguntó sin poder ocultar el miedo:

-Dígame, por favor, ¿Quién disparó, un blanco o un negro?

-Blanco – respondió ella.

-¡Gracias a Dios! – dijo entonces el camarero, con el alivio pintado en el rostro.

A los temores del camarero indio les sobraban fundamentos. Estaba seguro de que, si el autor del atentado era negro, o de cualquier otro sector de la población afectada por el apartheid, se hubiera desatado un baño de sangre como represalia.

El autor de los disparos fue identificado como el granjero inglés David Pratt. En su declaración dijo que su intención no había sido matar al primer ministro sino repudiar la discriminación racial. Fue acusado de intento de asesinato, pero en septiembre de 1960 se lo consideró demente y se lo recluyó en un hospital psiquiátrico de Bloemfontein, donde se ahorcó en su celda el 1 de octubre de 1961, cuando el propio primer ministro estaba considerando indultarlo.

En un primer momento se creyó que Verwoerd no sobreviviría al atentado, porque sangraba profusamente. En ningún momento perdió la conciencia y, trasladado al hospital, se comprobó que las dos balas calibre 22 disparadas por Pratt le habían causado heridas superficiales: una impactó en la mejilla y la otra le rozó la oreja derecha.

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Dos días más tarde, los médicos informaron que evolucionaba de manera favorable y autorizaron su traslado a Pretoria, donde se le realizó una operación para extraerle el proyectil que tenía alojado en la mejilla.

El primer ministro retomó sus actividades oficiales el 29 de mayo. Sus allegados contaban que, al referirse al atentado, Verwoerd decía siempre que había sido “una desgracia con suerte”. No tendría la misma fortuna seis años después, cuando fue víctima de un segundo atentado en la Asamblea Nacional.

“La personificación del apartheid”

Cuando el granjero Pratt calificó al primer ministro Verwoerd como “la personificación del apartheid” no estaba errado en absoluto, porque muchos sudafricanos lo consideraban así. Desde 1910 hasta 1961, Sudáfrica existió como la “Unión Sudafricana”. Aunque independiente, el país aún mantenía muchos vínculos con el Reino Unido y reconocía al rey o la reina como el monarca legítimo del estado, de forma muy similar de lo que ocurría en Canadá, Nueva Zelanda y Australia.

Hendrik Verwoerd se oponía rotundamente a esta conexión y buscaba convertir a Sudáfrica en una república, completamente independiente del Reino Unido. Debido a las políticas del apartheid, ya existía una brecha creciente entre ambos países. Por esa razón, a lo largo de la década de 1950, el movimiento por la secesión del Reino Unido cobró fuerza.

En 1954, el primer ministro Daniel Malan renunció y fue sucedido por Johannes Strijdom, quien consolidó aún más las políticas de discriminación racial. Durante esas dos gestiones, Verwoerd se desempeñó en el cargo clave de ministro de Asuntos Indígenas, con injerencia directa en las políticas de apartheid.

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Strijdom murió en 1958 y Verwoerd fue elegido para reemplazarlo. Desde su nuevo cargo, profundizó aún más las políticas de discriminación y comenzó a preparar la transición de la Unión Sudafricana para convertirla en república. Lo logró seis meses después de sufrir el atentado en la Feria de Rand, cuando el 5 de octubre de 1960 se celebró un referéndum que aprobó la creación de Sudáfrica con un 52% de votos a favor. Si bien existía una ley que exigía una mayoría de dos tercios para modificar la constitución del país, Verwoerd y el resto del Partido Nacional la ignoraron y declararon la república el 31 de mayo de 1961.

Además de la creación de la república, Verwoerd promulgó varias leyes que afianzaron aún más el apartheid. La Ley de Promoción del Autogobierno Negro de 1958 consolidó la existencia de los bantustanes – territorios segregados donde se buscaba confinar a la población negra - con el objetivo de que se convirtieran en estados plenamente independientes. En realidad, sin embargo, eran estados títeres del gobierno sudafricano.

La Ley de la Corporación de Inversiones Bantúes de 1959 se diseñó para trasladar capital negro a los bantustanes y dinamizar sus economías. La Ley de Extensión de la Educación Universitaria de 1959 se creó para establecer centros educativos separados para negros, mestizos e indios.

Los desalojos forzosos continuaron durante todo el mandato de Verwoerd como primer ministro. Uno de los incidentes más conocidos fue el desalojo forzado de 60.000 personas en el Distrito Seis de Ciudad del Cabo en febrero de 1966. Conocido por su composición étnica cosmopolita, el Distrito Seis fue arrasado y sus habitantes reubicados en otras zonas.

La segunda fue la vencida

La segunda vez que Hendrik Verwoerd se cruzó con un asesino, el resultado no sería tan bueno para el primer ministro. El 6 de septiembre de 1966 volvía al Parlamento después de una pausa para almorzar cuando un joven mensajero parlamentario se acercó a su escritorio y lo apuñaló cuatro veces en el cuello y el pecho mientras el funcionario se levantaba para recibir el mensaje que aparentemente le quería entregar.

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El agresor fue identificado como Dimitri Tsafendas, de padre griego y madre mozambiqueña, y se comprobó que había estado internado unos años antes con diagnóstico de esquizofrenia. De casi dos metros de altura y muy corpulento, hicieron falta varias personas para reducirlo. Cuando ya lo sacaban de la sala seguía gritando: “¿Dónde está ese bastardo? ¡Quiero matar a ese bastardo!”.

En el mismo lugar donde el primer ministro quedó caído y sangrando, un médico parlamentario le practicó una reanimación cardiopulmonar y luego fue trasladado de urgencia al Hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo, donde llegó muerto.

Como en otros muchos magnicidios, no tardaron en aparecer preguntas sobre el autor y sus intenciones. La versión oficial, sostenida por los antecedentes psiquiátricos de Tsafendas, fue que se trataba de “un griego loco que siguió las instrucciones de una lombriz solitaria gigante”. Sin embargo, otras investigaciones sobre la vida del autor del magnicidio dejaron entrever otras motivaciones.

Se descubrió que años antes había militado en el Partido Comunista y también que, pese a ser considerado legalmente como un “hombre blanco”, había sido discriminado laboralmente por el color de su piel. Unas semanas antes de atentar contra Verwoerd había presentado una petición a las autoridades para que lo recalificaran de “blanco” a “color” para poder convivir con una mujer mestiza de la que estaba enamorado. Se lo negaron y eso pudo ser el desencadenante del desequilibrio que lo llevó a cometer al asesinato.

El diagnóstico de esquizofrenia impidió que la justicia sudafricana lo condenara a muerte y recibió una pena de cadena perpetua. En su fallo, el juez dejó constancia que lo hacía “en nombre del presidente”, lo que significaba que podía ser liberado solo por un decreto presidencial que nunca llegó. Murió en la cárcel en 1999.

Los restos de Hendrik Frensch Verwoerd fueron enterrados en el Acre de los Héroes de Pretoria, donde aún permanecen. A su funeral, organizado por el gobierno, asistieron cerca de 250.000 personas “mayoritariamente blancas”, según las crónicas publicadas al día siguiente.

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